Tu inconsciente te gobierna


Tu cerebro gestiona el 90 % de todo lo que haces sin que te enteres, de forma automática.

Cada mañana, al abrir los ojos, tus circuitos cerebrales inconscientes invocan una simulación que percibimos como nuestro mundo, y en esta gran ilusión la única parte en la que operamos, activamente, es en aquella en la que encontramos nuestra atención consciente. Pero tu cerebro también se ocupa de cosas rutinarias, como cepillarte los dientes, sin que ni siquiera te percates.

La consciencia sólo se activa para cosas nuevas e importantes.

Es así porque no podemos ocuparnos de más de 4 o 5 unidades de información simultáneamente. Enormes porciones del mundo las volvemos invisibles por el mero hecho de tener que prestar atención a un objeto determinado o a una tarea en particular.

Los científicos calculan que el cerebro inconsciente puede procesar simultáneamente 200.000 veces más datos que la mente consciente.

Cerebro incosciente

 

Eso es porque la mente consciente está limitada al córtex cerebral, una capa arrugada de tan sólo un milímetro de espesor que envuelve el cerebro como un gorro de ducha. Unos 15 mil millones de neuronas pueden conectarse para activar nuevas redes en una fracción de segundo, sin embargo los fuegos artificiales del pensamiento consciente devoran más energía que los músculos de un atleta de élite y por eso nuestro cerebro normalmente trata de arreglárselas sin la mente consciente.

El tronco cerebral regula las funciones vitales del organismo como la respiración y el ritmo cardíaco. El cerebelo coordina todas las rutinas motoras como caminar o coger cosas y el sistema límbico nos conoce mejor que nosotros mismos, ya que regula todo cuánto sentimos…

Un filtro inconsciente, el tálamo, se encarga de decidir qué es lo bastante nuevo e importante como para compartirlo con nosotros.

Por eso parece que el cerebro siempre sabe más que nosotros, quizá ésa sea la razón por la que influimos tampoco en lo que somos y en lo que hacemos e, incluso, en lo que nos ponemos.

Nos hacemos una idea de lo que es familiar y observamos el mundo con esa idea.

En general el medio más importante de nuestra percepción es la memoria. En el 99% de lo que vemos se proyecta desde nuestra memoria y sólo un 1% es añadido por los órganos sensoriales. Nuestro cerebro puede falsificar la información que llega a la retina, puede  anular lo que realmente hay ahí e impresionar lo que creemos que debería estar ahí.

El cerebro decide qué información es lo bastante nueva e importante sin que nosotros lo sepamos, así que cuando transitamos por la vida tendremos suerte si nuestra mente inconsciente nos avisa cuando pasamos junto al amor de nuestra vida.

El inconsciente está especializado en el presente, el consciente puede viajar en el tiempo. Podemos recordar el pasado y perdernos en él, planificar el futuro… pero lo que se ocupa del sistema y atiende el negocio —debidamente— mientras estamos viajando al futuro o pensando en el pasado es la mente inconsciente.

El inconsciente es nuestro piloto automático, él decide que es importante y que se ignora.

Se basa en el presente y opera al mismo tiempo con los datos del consciente, por ello es capaz de detener el viaje en el tiempo de la mente consciente si es necesario. Por ejemplo, vas paseando por la acera en la mañana y estás pensando en lo que vas a hacer por la tarde, ésta es tu mente consciente… Pero mientras programas tus actividades, tu inconsciente está trabajando a toda máquina en modo automático para que respires, camines sin tropezar, no te topes con la gente o no te atropellen… Todo va bien en tu camino por la acera, pero si se produce una situación de peligro inesperada que pone en peligro tu vida (ves de pronto que cae un piano sobre tu cabeza desde un décimo piso) tu cerebro inconsciente toma el control total para ponerte a salvo inmediatamente. Si tan sólo existiera la mente consciente nos caeríamos por un precipicio, nos atropellaría un coche, nos caería el piano encima… nos pasarían un montón de cosas porque no prestamos atención al presente y el presente es algo peligroso

Podemos caminar sin esfuerzo por nuestro mundo debido a que cada experiencia deja una impronta en nuestra memoria inconsciente. Este vasto archivo también nos guía cuando conocemos a alguien, porque inconscientemente hemos generalizado nuestras experiencias previas con las personas.

Es un exposición menor de 100 milisegundos a un rostro nuevo, que jamás hemos visto, es suficiente para que tomemos todo tipo de decisiones como: si la persona es de fiar, es amable, es agresiva, es competente… no es que estas interferencias sean necesariamente precisas pero, no obstante, las realizamos, y muy rápidamente. Álex Todorov ha mostrado incontables fotos de caras a los sujetos de su experimento y sus estudios prueban que juzgamos los rostros tan rápido que nuestra mente consciente ni siquiera tiene tiempo para involucrarse. Consideramos las caras aniñadas incompetentes pero fiables y clasificamos los ojos juntos y la mandíbula cuadrada como pertenecientes a sujetos agresivos. Cuando acaba interviniendo el razonamiento tan sólo reafirmamos nuestras suposiciones aun cuando sean aparentemente erróneas.

La unidad de evaluación del córtex insular, el centro de la empatía del cerebro, hace que al ver una cara pensemos y podamos sentir lo que siente nuestro interlocutor, porque los circuitos del cerebro inconsciente nos obligan a hacerlo aunque no podamos expresarlo con palabras ni controlarlo.

Cuando una persona ve que otra —quizá incluso sin darse cuenta— está haciendo lo mismo que ella o adoptando la misma postura corporal o emocional en su rostro, cree que es como ella y que reacciona del mismo modo que ella. Eso incrementa de hecho la empatía y los lazos entre las personas…

Hay una jerarquía de sentidos, los sentidos más potentes son el sentido del tacto y el sentido del equilibrio. Los demás sentidos están subordinados a éstos, si nos ponemos unas gafas que lo pongan todo al revés entonces el mundo está invertido al principio, pero los sistemas motores sensoriales procuran que todo vuelva a la normalidad, nuestro sistema motor sensorial domina el visual y el visual a su vez domina el auditivo.

No es extraño que nuestra primera cita nos produzca un cosquilleo en el estómago y nos ponga ansiosos.

En unos 12 segundos el cerebro estudia en modo automático cosas tales como la proporción entre las caderas y la cintura, el color de los ojos, la simetría facial y la fragancia del cuerpo, lo cual a su vez dice a nuestros subconscientes si nuestros sistemas inmunes son compatibles. Hoy los investigadores saben que es más probable que nos enamoremos de personas que son como nosotros, hasta tendemos a enamorarnos de personas con la misma anchura de nariz y de las que son más o menos igual de listas que nosotros

El 90% de nuestra comunicación emocional es no verbal y cuanto más imita una persona nuestros gestos y expresiones faciales más nos gusta esa persona.

Llega tan lejos que hasta se sincroniza el ritmo respiratorio cuando hablamos con una persona que nos gusta. Para que nos enamoremos el cerebro nos inunda con entusiasmo de hormonas que nublan nuestro juicio y nos vuelve adictos, entonces tan sólo tenemos una meta: estar cerca de esa persona.

Contrariamente a la opinión popular, los hombres se enamoran más rápidamente y más apasionadamente que las mujeres, pero nuestro cerebro inconsciente decide por nosotros mucho antes que nosotros.

Al principio miras a una persona y la ves como una posible pareja, entonces interiorizas todo tipo de cosas: el modo en que habla, el aspecto que tiene, todo pequeño movimiento es integrado inmediatamente en el cálculo gigantesco que dice ¡es aceptable, me gusta y me parece interesante!

Éste es un resumen de un documental asombroso sobre el funcionamiento de nuestro cerebro.

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